11 sept. 2006

Los sillones nuevos

La semana pasada fuimos a comprar unos sillones nuevos para el comedor. Fuimos toda la familia junta para elegirlos. Nos llevó toda la tarde. El que a mí no me gustaba porque parecía una tabla de lo duro que era, no se cogía. El que no le gustaba a mi hermano por el color, no se cogía. El que no le gustaba a mi madre por el precio, tampoco. Por una razón o por la otra, no se cogían los nuevos sillones. Pero, como suele suceder en estas cosas o en estos casos, en el último sitio donde miramos los encontramos. Qué tontería acabo de decir; si allí no los hubiésemos encontrado, no hubiera sido el último sitio. Habríamos mirado en otro sitio, que tal vez sí sería el último. Bueno, veo que me lío. Pues en este último sitio entramos, y miré y, madre mía, allí estaba. Se lo dije a mi hermano, y lo cierto es que no podíamos quitarle el ojo. ¡Qué preciosidad, hay que ver cómo estaba la dependienta! Mis padres y mi hermana fueron por otro lado a mirar los dichosos sillones, mientras mi hermano y yo nos dedicábamos a mirar lo que mirábamos. De repente una voz nos sacó de nuestro estado de mirón de obra, el estado que no sabes dónde estás. Mi madre dijo solamente: “Venga, vámonos, que ya hemos comprado los sillones. “ Mi hermano y yo nos miramos. “¿Cuándo? ¿Por qué no nos habéis preguntado?” Nadie nos contestó. Nos llevaron hacia los sillones elegidos para que al menos verlos. Y la verdad es que eran chulos, chulos. Suaves, aterciopelados, cómodos... Vaya, que me senté un ratillo y todo, ¡qué comodidad!. Hasta me quité los zapatos e intenté echar una cabezadita. “Venga, anda hijo, levántate, que ya tendrás días para echarte la siesta”, dijo mi madre. Salimos de la tienda —o sin antes echar otro vistazo a la dependienta— y regresamos a casa. Hoy nos han traído los sillones nuevos, y yo debería alegrarme de ello. Sin embargo no es así, no puedo estar contento, ¿sabéis? Porque hoy, cuando he llegado a casa, entré despacio, muy despacio, cerré los ojos antes de entrar al comedor donde estarían los sillones nuevos. Quería verlo de golpe. Respiré un par de veces, abrí los ojos, y sólo pude exclamar: “¡Nooooooooooo! Pero ¿cómo es posible?” Llamé a mi madre, que estaba en otra habitación: “¡Mama, pero ¿por queeeeé?! ¡Con lo suaves y aterciopelados que son! Pero ¿por qué lo has hecho?” Me arrodillé ante ella y con lágrimas en los ojos seguí repitiendo “por qué, por qué”. No me parecía justo. Cuando yo acabé de mengotear, mi madre me miró y me dijo:
“Anda, levanta, que pareces tonto. Quieres saber por qué. Primero, porque ésta es mi casa. Y segundo, porque si no pongo unas colchas desmoñáis los sillones en dos días.”
“Jo, pero para eso hubiésemos cogido otros más feos, sin ser aterciopelados, sin ser tan suaves.”
“¿Pero te quieres callar de una vez?”
“Es que no me parece justo. Además, esas colchas son horribles, con esos estampados y esos flecos.”
“Pero que te calles ya, y no se hable más.” Y seguí hablando y seguí discutiendo con mi madre.
Pero no conseguí nada, las colchas siguen puestas y, claro, a mí, por protestar, me toca echarme la siesta en el suelo.

4 comentarios:

artecontrajorge dijo...

La culpa es de la dependienta que está para distraer a atención a posta, que seguro que la ha puesto ahi una gran corporación que quiere deminar el mundo a través de las sillones. Aunque estoy pensando que eso no tiene nada que ver con las colchas de flecos que puso tu madre. Bueno, seguro que hay de por medio una gran corporación qe quiere dominar el mundo, ¿de que marca son las colchas? Mira la etiqueta y sabras la respuesta. Aunque si miras puede ser que Confecciones Rodrígañez quiera dominar el mundo. Maldito Rodrigañez...

artecontrajorge dijo...

Por cierto, ¿Las fundas llevan estampados de monos? en caso afirmativo ¡que gracia!

yolanda dijo...

ja, ja, que bueno, esta no la conocía, con las colchas te libraste de los tapetes de ganchillo que siempre se mueven.
¿es mucho pedir una ilustración? .... es por eso de pedir.... por pedir que no quede... el que no llora no mama y esas cosas.

Óscar del Amo dijo...

Creo firmemente que es mejor sillón conocido y con colchas que sillón sin colchas y por conocer. Siempre cuesta coger la forma y se pierden las formas. Además da más apuro subir los pies y cenar sin tener ningún pudor de que se caiga la comidita entre los huequitos de los cojines. Ole y requete ole. Que vivan las colchas.