11 sept. 2006

La llamada

Estando yo tranquilo en casa, tumbado y dormido en el sillón, creo que una babilla se me deslizaba por la comisura del labio. Es decir, mientras disfrutaba del placer de dormir algo iba a turbar mi sueño. ¡Me cago en los móviles! A veces me pregunto por qué razón tendré puesta esa melodía. Se trata de un número que desconozco pero no por ello me privo de contestar.
-Hoola-. Dije "hola" con toda la carraspera que alguien puede tener después de tres horas de siesta.
-¿Cómo me has podido hacer esto?-, respondió mi interlocutor, que en este caso era interlocutora, con un tono de voz chirriante y de pito propio de alguien que yo no conocía.
-¿Que te he hecho qué?
-¿No te quieres acordar de mí?
-Lo cierto es que no sé quién eres.
-¡Soy Miraselda!-, proclamó gritando histérica.
-Espera que me despabilo, que estoy dormido.
-¡Seguro que no estás solo!"-, me volvió a gritar.
-¡Pero bueno!-, tuve ya que decir un poco acalorado-. Mira, no sé quién eres, no conozco a ninguna Miraselda.
-¡Sí, eso es típico de hombres! ¡Una noche y después a olvidarse!
-¿Qué me estás contando?
-No te hagas el tonto-, me volvió a decir con su voz chirriante y descontrolada. Yo no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, sólo sé que me estaba levantando dolor de cabeza, ¡maldita histérica! Quería colgar pero la curiosidad ya no me lo permitía.
-A ver, ¿cuándo se supone que he estado contigo?
-La semana pasada, imbécil-, me insultó y todo.
-Mira tía, hace que no me como un rosco desde el 36, así que dudo que estuviese contigo.
-Excusas y más excusas-, replicó de nuevo con esa voz de tenedor raspando sobre un plato de porcelana. Yo ya iba a colgar mientras ella seguía hablando, hasta que no sé bien por qué razón le dije simplemente:
-Para ya-. Y jamás pensé que una frase tan corta tuviese tanta efectividad. Se calló, no dijo nada. Pero al rato volvió a hablar. Y con una voz dulce, aterciopelada, que parecía una caricia (vaya cursi que me ha salido esto), dijo:
-Lo siento, creo que me he equivocado de teléfono.
-No importa, no pasa nada, venga, que todo está bien, ¿eh?
Y seguimos con disculpas, tipo "la culpa es mía", "no, la culpa es mía", y así, ya sabéis. Y al final, como el que no quiere la cosa, pues quedamos para ir a cenar esa misma noche a las diez. Yo tenía muchas ganas de verla. Para reconocernos yo llevaría un periódico y una rosa. Y llegaron las diez. Entré en el restaurante con mi periódico y mi rosa. Y un poquillo después vi cómo una mujer se dirigía hacia mí. Todo se volvió silencio, sólo oía sus pisadas. Según me ponía cada vez más nervioso, ella se aproximaba hasta situarse frente a mí. Me miró, sonreí e hice con mi cabeza un gesto de decir sí. Y para qué lo haría, porque en ese mismo instante Miraselda se abalanzó sobre mí y me soltó un buen bofetón. Y recuperando su voz de tenedor sobre plato, dijo:
-Me podré equivocar de número de teléfono, pero de cara.
Y no me volvió a llamar.

2 comentarios:

yolanda dijo...

¡que tía la Miraselda!. Está bueno esto de una lectura matutina diaria, pedazo de ritmo que tienes.

artecontrajorge dijo...

Esta Miraselda....mal asunto. No la llames. Y si la ves por la calle, cambia de acera, porque me parece que tiene la mano muy larga y muy rápida.
Mal asunto.